La paella que vino de Marte

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Ser soltero tiene muchas ventajas pero también algún que otro inconveniente. Debes saber hacer de todo un poco si no quieres vivir como nuestros antepasados en Altamira. En su día, y en un intento de escapar de la comida pre-cocinada y del jolgorio de la sección «grasisaturada» (se ruegan disculpas por la ausencia de tecnicismos), decidí apuntarme a un curso de cocina. El primer día de clase la profesora nos dijo: «Para cocinar con una Thermomix, no hace falta saber cocinar, solo hace falta saber leer», -menos mal, pensé, eso lo sé hacer-.

La frase de la profesora se quedó pululando en mis pensamientos cual valiosa cita de Instagram… «solo hace falta saber leer» nos dijo nuestra mentora del universo Thermomix. Leer las recetas, programar la maquinita con los alimentos dentro y esperar el milagro.

Lo curioso es que no todo el mundo puede presumir de saber leer, y no me refiero al recetario que ya he devorado de arriba abajo y de abajo arriba. Hablo de elegir dentro de lo bueno lo que nos haga mejores. Leer además tiene acepciones más profundas: «leer entre líneas» que significa descifrar lo que está ahí oculto sin estar escrito/ dicho, o «leer a las personas» cuando hablamos de la habilidad para conocerlas. De eso sabemos un poco en Syllabus. El comienzo de cada curso significa una primera toma de contacto con estudiantes internacionales que escudriñan cada átomo del profesor que tienen delante, y claro, para el profesor de turno no es el momento para ponerse a tocar el harpa y fabular sobre su último sueño. En dos horas escasas los profesores debemos saber a quién tenemos delante, qué saben y qué no saben, cuáles son sus expectativas lingüísticas y cómo vamos a gestionarlas.

Algo parecido nos sucedió con tres alumnas adolescentes, amigas entre sí, que querían un curso de español intensivo condimentado con algo cultural, «muy nuestro». Los dos profesores que estábamos a cargo de las chicas tuvimos la reunión habitual para el análisis de necesidades y elaborar un syllabus (como nosotros si) de una semana de duración.

Nos lo empezamos a tomar un poco como algo experimental y creamos una propuesta innovadora y conceptual (en otro artículo os hablaremos de la clase de español conceptual). Era la ocasión ideal. Sobre la mesa teníamos estas cartas: 3 chicas de entre 17 y 19 años, dos holandesas y una belga con un nivel de español B2. Aunque no eran universitarias aún, ya nos habían contado hacia dónde querían dirigir sus vidas: una, profesora vocacional de primaria; otra, gran admiradora y aprendiz de nuestra cultura más y mejor exportada: el flamenco, la cultura del vino, la gastronomía, tenía muy claro que iba a ser dietista, y la menor de las tres, apasionada del cine espacial de los años 50, quería ser astrónoma (no confundir con astróloga).

Hay tantas clases de alumnos como personas, y como tenemos muy clara esta idea, ponemos mucho empeño en que los estudiantes encuentren lo que buscan, pero si encima les podemos sorprender, mucho mejor.

LA MEJOR TRIPULACIÓN

Lo que comenzó como una broma astral de serie B con toques del cañí más profundo evolucionó con rapidez hacia algo más… ¿serio? La idea de subir a tres peregrinos en un platillo volante haciendo una turné interplanetaria para salvar sus almas creo que la hubiera desechado hasta el mismísimo David Bowie en su expresionismo sideral más delirante. ¿Hipsterismo tal vez? También esbozamos la posibilidad de poner al volante de una nave nodriza que despegaba de Galicia a un selecto grupo de elegidos -copiando el argumento de Interstellar pero a la española- con la intención de popularizar nuestra cultura más allá de la Vía Láctea. En la nave no podrían faltar souvenirs como una buena colección de botijos, música de Julio Iglesias, pimientos de Padrón frescos o unas botellitas de Rioja, que como buenos embajadores patrios entregarían a sus nuevos amigos cósmicos. Despegó con fuerza ésta posibilidad, pero no supimos bien como encajar la parte filosófica astronáutica.

A la tercera va la vencida. Esta vez pusimos la entelequia un poco más lejos y a los inspiradores clásicos (Asimov, Kubrick… Chiquito de la Calzada) un poco más cerca. Debíamos desarrollar un concepto sorpresa que escondiera una unidad didáctica optimizada para tres estudiantes europeas adolescentes de nivel avanzado y lo habíamos conseguido.

LA PAELLA, DESDE MARTE CON FUROR

-¿Sabíais que la paella vino de Marte? Lo acaban de demostrar científicos españoles.

Una estruendosa carcajada silenció aquella mirada de triple estupefacción.

-¿De verdad pensabais que era un invento español?

-Yo no descartaría la idea -indagó suavemente la aspirante a astrónoma-, no hay tanta diferencia entre un calamar y aquellos de Mars Attacks.

Una vez captada la chirigota, las tres estudiantes se integran de lleno en la quimera. Surge el debate y el bombardeo de preguntas va in crescendo. Nos siguen el juego.

– Siempre lo sospeché a juzgar por la tripulación de la paellera -afirma con ironía la experta en alimentos mientras señala la imagen del platillo-paellera proyectada en la pantalla- , creo que hemos tenido mucha suerte-.

La futura profesora parece tener sus dudas… -¿Seguro que de Marte?, ¿No podría ser Plutón?

-En Plutón hace demasiado frío -le ayudó la astrónoma- ¿No ves el buen moreno marciano de los langostinos? A los langostinos les encanta el sol y la playa, aunque a veces se queman.

-Ahhhh claro se queman, no tienen tanta suerte como las almejas que utilizan shell-factor-50…

-Pensándolo bien -añadí- ¿A alguien se le ocurre una criatura más extraterrestre que las del gremio de los crustáceos? No me quiero ni imaginar el hambre que debía tener el hombre que se comió una langosta por primera vez.

– ¿Y por qué vinieron? ¿Para nutrir a la humanidad? -por fin llegó la tan ansiada reflexión metafísica de quien se preocupa por la buena alimentación-.

-No, es porque España es un país muy turístico, y querían ser los primeros, como cuando el hombre fue a la luna -resolvió la astrónoma- como los bañistas que madrugan para venir a la playa- que ya empezaba a llenarse-, dijo mientras meneaba la cabeza en dirección a la ventana sobre la playa del Sardinero.

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El diálogo, extravagante es decir poco, se alargó casi dos horas. Concluimos que el marisco tendido sobre su arroz vino de ahí arriba mucho antes de que existiera la humanidad, girando en un platillo volante hasta llegar a Valencia.

Traspasado el umbral de la posverdad más rotunda, tocaba aterrizar el platillo y volverse un poco académico. La primera toma de contacto con las alumnas había sido un éxito, pero la cara B de la paellera se titulaba Modo Subjuntivo, eso sí, sin salirnos del tópico que tan buenos resultados nos estaba dando. El proyecto incluía un repaso de tiempos verbales con ejercicios de los campos semánticos esperados, un juego de entrevistas y hasta una evaluación final titulada «El mito de la paella voladora. Realidad o ficción» donde debían posicionarse a favor o en contra con un texto de 500 palabras.

Aún no tengo claro si fue la plenitud vital de las chicas (quienes construyeron el argumento prácticamente solas) o lo original de esta propuesta cósmico-culinaria lo que hizo que rodara sola. Espero que sirva de ayuda para todo docente creativo. Sería un honor.

Lo que está claro, y es una verdad tan sólida como Gibraltar, es que un alumno motivado es un auténtico generador. Nuestras alumnas aprendieron y se divirtieron. También nosotros. ¿Qué más se puede pedir?

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